La máquina no viene a decirnos qué hacer, viene a preguntarnos qué somos capaces de pensar.
Hace más de 20 años en Santiago de Chile aprendí una lección que sigo aplicando cada vez que llega alguna máquina nueva o línea de producción a una planta:
Era el director técnico de una empresa en plena fase de expansión, decidimos realizar una gran inversión: traer desde Holanda una línea automática de laminado.
En aquel momento, estas líneas estaban pensadas casi exclusivamente para croissants y hojaldres.
El problema era evidente:
En Chile, entonces, estos productos aún no tenían el peso comercial que tienen hoy.
La inversión era alta y la pregunta inevitable:
¿Cómo rentabilizamos esta línea desde el primer día?
Uno de los panes más populares en Chile es la Hallulla: una masa dura, refinada a 10–12 cm, estirada, pinchada y troquelada en discos.
Y ahí surgió la idea:
¿Y si esa masa pasara por la línea de laminado automática?
El resultado fue brutal.
• La masa se refinaba progresivamente con los rodillos
• Los pliegues aportaban homogeneidad
• Salía una manta perfecta por la cinta del laminador
• Troquelado limpio y regular mediante pinchado y guillotina
Pasamos de 700 kg diarios
a 6.000 kg en una jornada de 8 horas
Mismo producto.
Misma receta.
Menos personal.
Otro enfoque.
Hoy este sistema es conocido y aplicado en muchas líneas modernas.
Pero entonces fue simplemente una decisión técnica basada en criterio.
Y ahí está la lección que, para mí, sigue vigente:
Cuando llega una nueva línea de producción, el trabajo del técnico no es solo ponerla en marcha.
Es explorar hasta dónde puede llegar.
Mirando al futuro.
La tecnología no innova sola.
Las máquinas no crean valor por sí mismas.
El valor aparece cuando:
• Se entiende el producto
• Se conoce el mercado
• Y se tiene el criterio (y la valentía) de probar.
En la mayoría de las ocasiones, la rentabilidad no está en comprar más máquinas… sino
en pensar mejor las que ya tenemos.

