He pasado gran parte de mi carrera profesional trabajando en obradores, centros de formación técnica y visitando obradores por todo el mundo.
Y después de miles de horas compartiendo mesa de trabajo con profesionales, he llegado a una conclusión muy clara:
El éxito de una formación no se mide por lo bien que sale un producto ese día, sino por lo que ocurre cuando el técnico se marcha.
Cuando me ha tocado liderar equipos o dirigir formaciones, mi objetivo nunca ha sido imponer fórmulas.
Mi prioridad ha sido siempre transmitir criterio técnico y sentido común aplicado al oficio.
Formar a un panadero o pastelero no es enseñarle a seguir un cronómetro mientras mira con un termómetro la masa o replica una receta.
Es enseñarle a interpretar la fórmula, leer la masa, a comprender por qué la temperatura, la humedad o la fermentación de hoy condicionan el resultado de mañana o porqué es mejor un ingrediente que otro.
Es darle seguridad para tomar decisiones en tiempo real.
La verdadera maestría en nuestro sector no está en las etiquetas ni en los cargos.
Está en la generosidad de compartir el oficio, en ayudar a otros a no repetir tus errores y en conseguir que entiendan no solo el cómo, sino sobre todo el porqué.
Al final, lo que permanece no es la receta que dejaste escrita, sino el criterio que ayudaste a construir.
El respeto por el producto, la evolución de las personas y la tranquilidad de saber que, cuando ya no estás, el trabajo sigue bien hecho.

